Akai ito, de la leyenda a la realidad.

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No sé cuantas veces he intentado escribir sobre ella sin éxito. Las palabras tropiezan una contra otra y no logran existir fuera de mí. No quiero nombrarla porque amar es nombrar, y lo que siento por ella no es opuesto al amor, pero no es cercano al amor tampoco.

Es un sentimiento extranjero. Rabia y agradecimiento.

No puedo escribir su nombre sin que me arda la mano, ni pensar en su cuerpo sin arrepentimiento. Quisiera que no fuera así y decir que todo pasó por algo, que tal vez esa historia hacía parte de mí desde siempre. Pero es falso. No soy capaz de hablar de las múltiples maneras en las que me rompió para siempre.

No soy capaz de explicar cómo, después de ella me costó trabajo entender que el amor no es necesariamente el primer amor. Que enamorarse es y será siempre eso que me pasó a su lado, pero que amar es mejor.

Es en lo que escribo sobre ella donde guardo algunos de mis dolores más profundos: lo que se siente cuando el amor no es capaz de tocar al otro, la parte del cuerpo en la que duele el rechazo, el sabor que queda en la boca cuando ves a la persona que amas besar a alguien más.

No soy capaz de hablar de ella porque hablar de ella sería hablar de mí.

 

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Un hilo rojo invisible, conecta a aquellos que están destinados a encontrarse sin importar el tiempo, lugar o circunstancias, el hilo se puede estirar, contraer o enredar. Pero nunca se romperá.

Borrando apegos.

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Si vas a morir de amor que sea mañana, porque hoy todo tu mundo estará de cabeza, porque tus decisiones serán inestables, porque el dolor hoy se esparce por tu alma.
Si piensas morir de amor, espera que muera la noche y el sol te arroje un rayo que ilumine tus pasos.
Espera, no te mueras, ya casi es mañana.
No dejes que el miedo te consuma,
tus ojos secarán,
y la risa volverá a retumbar en tu pecho.
Arroja esos apegos emocionales
allá donde ella se dio media vuelta,
allá donde te dejó el corazón abierto.
Y allá ella y sus enredos,
aquí tú y tu futuro,
tus sueños y todo lo bello.
Si vas a morir de amor,
que sea mañana.

Gisselle Hinojosa.

No hay prisa para morir de amor, muere de risa, rompe miedos, vive solo pero vive feliz.

 

Aquí es de noche

No he escrito porque la cabeza está dando mil vueltas sobre el eje imaginario del mundo que se autodestruye. Lo mío siempre se daña, así como mi sistema inmune lleva una guerra contra su propia casa, el muy idiota no sabe que si la casa se cae, él se desaparece entre el derrumbe.

Hoy será una noche larga, creo que el oxígeno de la gente normal me hace daño, ha dañado mi aire reciclado interno, y ahora la falta de oxígeno me esta robando las pocas horas de sueño que me restan. Y por si fuera poco, hay un sonido en mis pulmones que acompañan la terrible melodía de mis pesadillas junto con la desastroza tos aferrada a mi garganta.

Hoy no hay poesía, solo un leve grito de palabras.

Gisselle Hinojosa..

Ella quería volar

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Ella estaba en cama, veía nacer el sol y lo despedía para recibir a la luna.
Vivía los días en repetición, a cámara lenta.
Recitaba versos desde el blanco de las sábanas.
Platicaba con las paredes, le hablaban de la humedad de los días fríos.
Veía bailar su alma entre las ventanas, le contaba de la risas en la calle, de las miradas pérdidas, de los amantes y la noche.
Después regresaba a su cama, y se metía a su cuerpo para darle un poco de color a sus días grises.
Le prometió que siempre regresaría, ella le dijo que el día que no lo hiciera lo entendería, pues merecía ser libre.
Entonces, su alma se convirtió en sus ojos, su risa, escuchaba todo lo que sucedía afuera, por primera vez podía salir y ver la luz del día hasta que el ocaso llegara.
Y así pasaron los días, había noches que su alma se quedaba a recorrer la calle, mientras ella intentaba despertar un día más.
Su cuerpo estaba perdiéndose entre las sábanas, había perdido la voz, pero conservo la sonrisa.
Los cuervos le visitaban diario, le picaban la piel, consumían su sangre y la guardaban en un frasco.
Ellos guardaban silencio, querían comerse cada uno de los órganos, bueno, los que le restaban.
Un día los cuervos hablaban con los gorriones que cuidaban de ella, les pidieron rendirse, entregarla para que ellos pudieran saciar su hambre.
– Ya no hay nada que hacer -dijo uno de los cuervos.
Y los gorriones se miraron con los ojos cristalinos, voltearon a ver al cielo y cantaron su mas bello trino al ser supremo, lo dejaron todo en sus manos.
El alma escucho lo que los cuervos y los gorriones hablaron, y decidió hacer algo para ella que seguía pérdida entre las sábanas blancas.
La invito a pasear, ella aceptó y se fueron los dos a surcar el viento y ver los días juntos.
Jamás volvió a la cama con sábanas blancas y paredes húmedas.

Gisselle Hinojosa.

Fracciones de olvido.

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Estoy escribiendo para reescribir mi destino,
para que el dolor no borre mi futuro,
para que la ruina no se adueñe de mis pasos,
y que los versos no adornen mi epitafio.
Estoy escribiendo para dibujar sonrisas,
para sembrar recuerdos,
para no llorar cuando me miran.
Escribo para condenar fantasmas al olvido,
pero ellos se cuelgan a mi espalda
y se duermen conmigo.
Escribo a tientas con la oscuridad en mi voz, y el mañana perdido.
Escribo para que sepas que el amor es corto y grande el olvido.

Gisselle Hinojosa.

Al caer encontró vida.

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Su vida pendía de un hilo, y le parecía que, con sólo darse la vuelta en la cama, caería en un abismo, en un vacío. Pero no tenía miedo. Tan sólo pensaba en cuán simple sería caer.

Cada cierto tiempo, un enigmático crepúsculo reemplazaba a la oscuridad infinita, pero ésta siempre regresaba. Se hallaba en los últimos confines habitables por cualquier ser humano. Al mismo tiempo, de vez en cuando, también había vida.

Haruki Murakami.

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